Juliette

Tengo 22 años, vivo en Barcelona y padezco Síndrome de Morris. Tuve una infancia genial. Me revolucioné en la adolescencia, como cualquier otra chica. Fue entonces, a los 17 años, cuando tras mucho esperar el periodo, decidimos, mi madre y yo, acudir al endocrino. Al principio me decía que una pastilla me provocaría la menarquia. Pero no iban a dármela sin más. Llegó el día de la ecografía. Recuerdo ir con mi madre. Ella estaba preocupada, pero no le di mayor importancia. Cuando entramos en la sala, me esperaban con una botella de agua para llenarme la tripa y ejercer presión para que la imagen se viera más clara. Así que bebí. Entonces empezó el examen, pero nada. La chica se extrañó, y me mandó de nuevo a beber. Volví y nada. Su cara me apuñaló el alma. Su preocupación y su silencio me traumaron, porque ahora mismo la veo mirándome mientras yo estaba estirada en la camilla con el vientre frío. Lo único que dijo fue “esperen a la cita con la doctora”. Pero ni en un millón de años hubiera esperado ese dictamen. Llegué a consulta el día del diagnóstico. Y la misma doctora de siempre junto a un hombre mayor (otro doctor, supongo) me dijo “Mira Juliette, esto es importante, en la ecografía no salía nada en absoluto. Padeces Síndrome de Morris, es una enfermedad que afecta a tus cromosomas y no se terminó de formar bien tu sistema reproductor. Por lo tanto, no te bajará la regla ni podrás tener hijos”.

Pensaba que la historia no iba conmigo. Me quedé allí quieta, inerte. El hombre me preguntó “¿Entiendes lo que te ha dicho?”. A lo que respondí “Sí” sin más… Me levanté y fui hacia la puerta, en lo que la doctora daba cita a mi madre para el preoperatorio para la extirpación de las “gónadas” (prefiero llamarlo así), de lo cual me enteré más tarde.

En aquel momento yo estudiaba segundo de bachillerato, y recién empezaba… Pero por esto y por la operación, nada tenía que ver ese curso con el anterior. Suspendí, todo. La amargura estropeó mi vida y me hundió en el “nadismo”. Lo sabían mi padre, mi madre y mis dos hermanas. Salvo mi padre, las demás, en varios momentos de mi vida, han atentado contra mí de forma imperdonable, aludiendo a mi enfermedad, y yo no lo merecía. Y eso minó mi mente de odio. Si mi propia familia era capaz de hacerme burla con tanta frialdad, ¿qué no haría la gente de fuera?

Pues nada, porque jamás se enterarían. Ni siquiera el primer chico con el que “intenté” mantener relaciones sexuales, en fin de año, un novio de adolescente. Esperó mucho y para nada. Porque mi vagina es ciega. Básicamente, su cavidad con “tope” era de 3 centímetros. Eso me imposibilitó mantener relaciones sexuales como las chicas de mi edad. Guardé mi secreto como lo más importante de mi vida. Lo encubrí con mentiras e hice una vida paralela como la que quizá hubiera tenido sin el síndrome. La mayoría de cosas que “me habían pasado” (respecto a mis amigos) eran mentira. Mi vida era una mentira. Sencillamente no me gustaba el mundo real. Y me inventaba anécdotas que cubrían meses y años de mi pasado para entablar amistad. Es muy triste, pero era la única manera de ser feliz.

Para poder tener relaciones sexuales con normalidad la primera vez y no causarme un trauma, mi doctora podría haberme advertido de que mi vagina no albergaría el pene de un hombre por pequeño que fuera. Pero no. Lo hicieron aquel fin de año, cuando acudí de urgencias al hospital por una fuerte hemorragia y un desgarre de 5 cm. (y mi vagina tenía 3 de profundidad). Por ese acontecimiento me operaron. Con un mecanismo un tanto ortopédico, alargaron mi vagina 6 cm, así que ahora me mide 9cm. Y siendo realistas, ¿9 cm en erección? Habrá hombre que los tenga, pero la mayoría no. Y disculpen si han malinterpretado lo del “tamaño”, porque ojalá encontrase un hombre a quien el pene erecto le midiese 9 cm y no tener que volver a operarme jamás. Pero tengo depresión, o eso creo. Seguro que sí. A veces veo la luz y paso de preocupaciones y no todo gira en torno al síndrome. Pero siendo sincera, una relación amorosa conlleva al sexo. De hecho, he tenido orgasmos y me encanta, pero no puedo tener una relación amorosa completa normal. No hasta que vaya a pedir cita y vuelva a operarme.

Cuando sea capaz de “echar un polvo” y no acabar llorando por el dolor (siempre por dentro para que no se entere el chico), no cesaré. Porque sé que el que me quiera entenderá que no puedo tener hijos pero sí sexo. No digo que me vea como un objeto. Sino que se enamore de mí por cómo soy, que dentro del síndrome haya una normalidad. Que él lo desconozca por completo y seamos felices. Cuando llegue.

Porque ya llegó, y se escapó. Y para siempre. Porque yo no pude explicarle nada y dejé que se marchara. Quizá lo hubiera entendido, pero entonces no lo entendía ni yo. En definitiva, entre medio hay muchísimas cosas que os podría contar y que, a diferencia de la vida que presumo tener con mis amigos, son reales.

Espero que lo publiquéis, y poder deciros cuándo he normalizado mi situación por completo. Porque creo que con tener sexo, que es lo único que me falta en la relación, seré feliz, completamente normal (ya me entendéis).